Microrrelatos de Plácido Romero

lunes, 26 de diciembre de 2016

Microcuentos

Le dije que estaba sin ideas. Me aconsejó que fuera a la ferretería y comprara una bombilla. No se me había ocurrido.
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Dribla, caracolea, hace un último regate, levanta la cabeza, chuta. ¡Mete cinco millones en un banco de las Islas Vírgenes!
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La madrastra le dijo a Cenicienta que iría al baile. Al parecer, en palacio necesitaban reforzar al personal de servicio.
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Rivales
Cuando estaba en casa de Nuria, su gato no paraba de arañarle. Decidió vengarse. Le regaló a su novia otro gato.
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Cuando ambos llegaron a la séptima vida, decidieron dejar de reñir.
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Al besarme, puso tal cara de asco que me convirtió en un sapo.
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–Tengo mariposas en el estómago.
–Te dije que debías cocinar esas larvas antes de comértelas.
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Cuando las ratas secuestraron una astronave y abandonaron el planeta, los humanos comenzaron a preocuparse.
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En vez de un espejo, había hecho colocar en el baño un retrato suyo. Era un conde muy excéntrico.
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Descuido
Ya le había roto un brazo y arrancado varios dientes cuando advirtió que todavía no le había hecho ninguna pregunta.
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Predijo el apocalipsis, vaticinó que nadie le creería, auguró que no pasaría a la historia como profeta.
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Pagó al verdugo para que fuera rápido. La familia de su marido pagó más.
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Le amputaron la pierna izquierda. La gangrena siguió extendiéndose por la derecha.
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Cenicienta, con calentura, no pudo ir al baile. El hada tuvo que ir a palacio y dejar en las escaleras un zapato.
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–¿Algún voluntario? –preguntó el profesor de Anatomía General–. Hoy vamos a hacer una vivisección.
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Tuvo que besarla una princesa para que la Bella Durmiente despertara.