Alicia llevaba años pensando que su vida era absurda. El despertador sonaba cuando todavía tenía sueño, el autobús llegaba cuando ya se había marchado y su marido decía «te quiero» mientras miraba el teléfono.
Una noche, cansada de tanta lógica doméstica, cruzó el espejo del dormitorio.
Al otro lado encontró una ciudad impecable. Los semáforos cambiaban exactamente a tiempo. Los trenes no se retrasaban. Nadie discutía en los supermercados. Los matrimonios duraban para siempre y los muertos permanecían muertos.
Alicia preguntó por el País de las Maravillas.
Nadie entendió la pregunta.
Caminó durante horas. Todo funcionaba. Todo encajaba. Nadie hacía nada que careciera de sentido.
Al anochecer regresó al espejo.
—Quiero volver.
El espejo permaneció inmóvil.
Alicia buscó una piedra, luego una silla, finalmente un martillo que no recordaba haber llevado consigo.
Golpeó.
El cristal se agrietó.
Del otro lado apareció su dormitorio: la cama deshecha, el despertador adelantado, una taza sobre la mesilla.
Y su marido.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
Alicia lo abrazó.
—En un lugar horrible.
Él la miró sorprendido.
—¿Peor que este?
Alicia sonrió.
—Mucho peor.
Entonces el espejo terminó de romperse.
Por primera vez, su marido pareció asustado.
Porque detrás de Alicia no había ninguna habitación.
Solo un país lleno de maravillas.