No llegaron en naves. Tampoco descendieron del cielo. Simplemente aparecieron, suspendidos sobre la ciudad, como ecuaciones luminosas que hubieran decidido abandonar la pizarra.
Se presentaron con una única exigencia:
—Demuestren que existen.
Hubo un silencio incómodo.
Los representantes religiosos ofrecieron los Vedas, el Tripitaka, el Corán, la Biblia. Los visitantes la examinaron apenas un instante.
—Un sistema de creencias no demuestra un sistema físico.
Los científicos desplegaron la tabla periódica. Los símbolos despertaron cierto interés.
—Elegante. Coherente. Aun así, podría pertenecer a una simulación.
El desconcierto empezaba a extenderse cuando un hombre levantó la mano.
Sacó de una carpeta un contrato hipotecario a treinta años.
Los visitantes lo leyeron despacio. Revisaron las cláusulas, el tipo de interés, las comisiones, las penalizaciones por amortización anticipada y la letra diminuta del final.
Ninguno habló durante un buen rato.
Después, las ecuaciones comenzaron a deformarse como si hubieran encontrado una contradicción imposible de resolver.
—Es suficiente.
—¿Queda demostrada nuestra existencia? —preguntó alguien.
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué demuestra?
Los teoremas retrocedieron.
—Que el universo puede producir formas de locura incompatibles con cualquier inteligencia sensata.
Y desaparecieron antes de que alguien intentara ofrecerles un préstamo preconcedido.