Microrrelatos de Plácido Romero

miércoles, 14 de agosto de 2013

El dios encadenado

Por aquí, señores: no me van a tratar de embustero. Voy a enseñarles algo maravilloso, algo que ni los Cornelios ni el mismo Graco podrían mostrarles. Vamos, síganme. Tengan cuidado con el escalón. ¿Dónde está ese maldito galo? Trae un hachón, rápido. Vengan. Miren. ¿No es asombroso? ¿Lo ven? ¡Un dios, un dios encadenado!

No tiene precio. ¿Cuánto puede costar un dios? ¿Veinte denarios? ¿Sesenta? ¿Doscientos? ¿Cuarenta mil? Los hijos de Marcio Rufo no sabían qué hacer con él. Su padre lo había capturado durante la guerra púnica, uno más entre miles de cautivos. Ya saben: las ciudades que se unieron a Roma conservaron su libertad; las otras, las que se mantuvieron fieles a los acuerdos con Cartago, fueron destruidas. Cuando Marcio Rufo murió, sus hijos decidieron vender al dios esclavo. Me costó… Ya no lo recuerdo. ¿Cuánto fue? Marcela me reconvino, me dijo que había traído la maldición a nuestra familia. Pobre Marcela. Me pareció barato entonces, pues se trataba de un dios.

Sí, los iberos tenían otros dioses, decenas, decenas de dioses, pero no sé qué pasó con ellos. Quizá se ocultaron en los montes, cerca de sus santuarios, o en los espesos bosques de encinas de su país. No lo sé. Eh, tú, trae más vino; nuestras copas están vacías. Algunos dioses iberos tenían la capacidad de adoptar la forma de animales, se transformaban en caballos, en leones. Seguro que siguen vagando por el mundo. Este dios era adorado en un templo que había cerca de Cástulo; Marcio lo capturó en la campaña del cuarto año de guerra. Pudo huir, como los otros dioses, pero se dejó apresar.

Cuando lo compré, no sabía qué hacer con él. ¿Para qué sirve un dios? ¿Sería buen luchador? En fin, señores, después de todo no se le puede matar, es inmortal. Lo llevé a un lanista, que me prometió entrenarle bien, enseñarle a manejar la lanza y a blandir la espada. Pero no se defendía cuando le atacaban. Herirle era tan fácil como herir a una hormiga. Prueben si quieren; allí hay una espada.

Aquello me encolerizó, por lo que lo destiné a las canteras. Él se negó a coger el pico, y no le preocupaban los latigazos del capataz. Avisa a Hipólito para que esté preparado, y trae más vino. El látigo le hace sangrar, desde luego, pero sus heridas sanan pronto y, si se fijan, no hay cicatriz alguna en su cuerpo. Azotarle es como azotar una piedra.

¿Huelen? Sí, es él. Huele a espliego. Casi siempre huele así; por eso lo tengo en la casa. Algunas veces hiede, apesta a agua estancada; supongo que es cuando se vuelve melancólico. Pero normalmente resulta agradable tenerle cerca y no es como los perros ni los otros esclavos: no defeca ni orina. Tampoco habla; nunca le he escuchado emitir el menor sonido; es un dios mudo.

Ni siquiera sé su nombre. No sé el nombre que se da a sí mismo ni el nombre que le daban los iberos. Los siervos oretanos que compré a los hijos de Marcio Rufo nunca me dijeron el nombre de su dios. Le odian, le reprochan la derrota y la destrucción de sus ciudades. A veces les he sorprendido arrojándole excrementos.

Ahora lo tengo así, encadenado, porque no sirve para nada, quizá sólo para mostrárselo a mis invitados. Acaso haya vivido ya miles de años y vivirá otros mil más. Tal vez espera que los hombres vuelvan a adorarle. A veces, cuando lo contemplo, pienso en nuestros dioses: ¿les ocurrirá lo mismo? ¿Caerá Roma derrotada y serán encadenados? ¿Perderán su poder porque ya no hay nadie que les adore? Sí, terribles reflexiones, señores. Mejor pensar en lo que queda de noche. Venga, regresemos al triclinio. Mi cocinero griego nos ha preparado un pastel sabroso, exquisito. ¿Les ha sorprendido? ¿No me dirán que esperaban ver esta noche a un dios encadenado?