Microrrelatos de Plácido Romero

domingo, 13 de diciembre de 2015

El Sombreador

Hay que pasar por tres controles para llegar a la sala de visitas. El celador me obliga una vez más a mostrarle el cuaderno y el bolígrafo que me han permitido llevar. Antes de dejarme pasar, me da un último consejo: “No se acerque mucho a él y, sobre todo, no le toque”. Mientras me acompaña por el pasillo, me fijo en la sombra del celador: ¡tiene falda! 

Cuando llego a la sala, el Sombreador ya está allí. Me siento al otro lado de la mesa y preparo el cuaderno. Le miro. Tiene un aspecto completamente vulgar, alguien en quien no nos fijaríamos si pasara a nuestro lado por la calle. 

Comienza a hablar sin que le realice ninguna pregunta. “Todo comenzó cuando era niño. Advertí que tenía esta habilidad, llamémosla así”. Durante años, nadie se fijó en él. Ni siquiera él pensó en explotar lo que llama su “habilidad”. Un día, viendo un desfile de moda por la tele, se preguntó qué pasaría si cambiaba la sombra de las modelos. “Pensé que sería divertido que tuvieran sombras de mujeres gordas, obesas”. “¿Por qué pidió dinero para devolverle su sombra a Karen Nelson?”, le pregunté. “No sé. No fue premeditado. Nunca había pedido dinero. Tuve que dejar el trabajo, viajar a Nueva York.” Karen Nelson, la famosa modelo acabó recuperando su sombra estilizada a cambio de cincuenta mil dólares. 

Luego, las víctimas del Sombreador se fueron multiplicando: futbolistas, presentadores de televisión, famosos. “Creo que lo que me llevó aquí fue lo que sucedió con el presidente”. El Sombreador se refiere, por supuesto, a la decapitación de la sombra del ex presidente. En este caso, no pidió ningún rescate. “Todo el mundo aseguraba que el presidente no tenía cabeza. Yo le dejé sin cabeza.” Mientras me dice esto último, el Sombreador no puede evitar sonreír. Sin embargo, en este caso no fue una extorsión. La sombra del presidente nunca recuperó su cabeza. 

Se acerca el final de la entrevista. Le lanzo la pregunta que tantas veces le han hecho. Sorprendentemente, me responde. “¿Que por qué lo hacía? Porque podía. Otros tienen otras habilidades. Pueden pasarse diez horas estudiando, son fotogénicos, hablan bien. Yo puedo cambiar sombras.” Le hago una última pregunta. “¿Cómo lo hace?” Se limita a responderme con un movimiento de hombros. 

Llega el momento de despedirnos. Me tiende la mano. Ignorando el consejo del celador, se la estrecho. Siento un picor. 

Cuando me dirijo al coche, dejo el sol a mi espalda. No puedo evitar mirar mi sombra. Dos brazos, dos piernas, una cabeza. Todo está bien. Entonces advierto que el viento mueve la melena de mi sombra. Me tocó mi cráneo rapado y no puedo evitar sonreír.