Microrrelatos de Plácido Romero

sábado, 19 de noviembre de 2016

Microcuentos

–No está bien que las mujeres estemos solas –le susurró Lilit a Eva.
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El sacrificio de la musa
Me dijo que llevaba semanas sin escribir un solo verso. Para inspirarle, le dejé.
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El equívoco
Cuando le eché el café por encima, entendió que le estaba invitando a que se quitara los pantalones.
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En vez de azúcar, le eché una cucharadita colmada de arsénico. Me había pedido que le pusiera un último café.
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Hace tanto frío por las noches que el fantasma ha sacado ya la sábana de franela.
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El acusado sonreía y bromeaba con sus abogados. El juez no paraba de limpiarse el sudor del rostro con un pañuelo.
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Cuando le llamaban padre, el cura se ponía de los nervios.
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El día en que atravesé la puerta sin abrirla mi mujer comprendió por fin que yo no era un hipocondriaco.
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El monstruo debajo de la cama tiene unos horarios extraños: se acuesta tarde y se levanta muy temprano. Nunca coincidimos.
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La muerte ha cambiado a mi marido. Antes se acostaba a las nueve y media; ahora pasa toda la noche despierto.
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Al menos ella me regaló algo: su indiferencia.
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Comenzó a leer el partido, pero se cansó en el minuto quince. Encontró el 4-4-2 demasiado aburrido y cuadriculado.
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El monstruo debajo de mi cama me pidió que le dejara dormir conmigo. Me dijo que algo estaba arañando el suelo.
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Mi madre barrió el monstruo que había bajo mi cama.
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Los monstruos se alejaban un poco más cada vez que escribía un tuit.
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Nos comimos una pizza que sabía a cocido madrileño. El robot de cocina había perdido un tornillo.
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Hannibal acabó arrojando la carne a la basura: el segundo violinista de la Sinfónica sabía peor de lo que tocaba.
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Le di las gracias al psiquiatra por todo lo que había hecho por mí, abrí la ventana y salí.
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Después de esperar dos horas, el camarero por fin trajo la omelette aux pommes de terre. La de su madre sabía mejor.
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Desde que empezó el apocalipsis zombi, los jueces andan más liberados de trabajo. Ya no tienen que levantar cadáveres.
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También podemos reencarnarnos en objetos. Sirva de ejemplo el famoso verdugo Qong Zhou, que se reencarnó en alfiletero.
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Mi jefe no para de chillarme. Haría buena pareja con mi mujer.
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Mi marido me contó un cuento chino.
–¿Sabes la moraleja? –me preguntó.
–Sí. La moraleja es que todos los maridos mienten.
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No hacía nada más que decirme que el cuchillo para el parmesano no cortaba bien. Le demostré que se equivocaba.
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No disparen al pianista, pero sobre todo no disparen al piano, que es irremplazable.
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Invitamos a Augusto. Le pedimos que viniera vestido de serio. Apareció vestido de Carablanca. --
El cartero llegó hoy tan temprano que no me dio tiempo a maquillarme.
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Les dije que bajaran la música: estaba demasiado alta. De hecho, nadie escuchó los disparos.
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Carablanca encuentra ridículo a Augusto. Si sólo se quitara la nariz roja y se echara un poco de pintura, estaría perfecto.
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Cuando el clasificador de correo escuchó el tictac que salía del interior del paquete, le puso por su cuenta el sello de urgente.
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Dejaron de interesarle los ángeles cuando descubrió que carecían de sexo.
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El director del circo despidió a Augusto y Carablanca por pelearse entre bastidores.