Microrrelatos de Plácido Romero

sábado, 26 de noviembre de 2016

Microcuentos

Cuando por fin llegaron a puerto, el Holandés Errante despidió al timonel.
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Muchos caímos en el abismo de su escote.
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El dragón llora desconsolado: le ha dado un ataque de tos justo cuando su amada princesa le estaba acariciando los belfos.
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Su marido era como un niño. Todas las noches, Scheherezade tenía que contarle un cuento.
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Disfruta mucho de la alta costura. Le dan palpitaciones cada vez que ve la nueva colección de Andrés Sardá.
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Ha decidido engañar al espejo. Ahora, antes de mirarse en él, se quita sus gafas de miope.
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Desde que se volvió vegetariano, tuvo que dejar de predecir el futuro con los huesos de pollo. Ahora lee las hojas del té.
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Pidió muchas cosas a los Reyes Magos, entre otras, que le echaran mucho carbón a Papá Noel.
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El psiquiatra especialista en trastornos de identidad disociativa cobraba doble la consulta hasta que los enfermos se curaban.
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Cuando llegó a la cumbre del Monte de Venus, descubrió que aquello era un volcán.
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Está indignado. Después de diez años de socio, le han expulsado del club de los suicidas.
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Cuando David derribó a Goliat, los filisteos protestaron airados. ¡El duelo era a jabalina!
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Él lo llama amor inconcluso; ella, gatillazo.
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Me juró amor eterno. Descubrí demasiado tarde que eterno para él significa que me seguiría rondando después de muerto.
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Procuro mantener reluciente la lápida de mi marido. No quiero que nadie sospeche nada.
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Me juró amor eterno. Descubrí demasiado tarde que eterno para él significa hasta que acabara la noche. 
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Al despertar la mariposa, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su lecho convertida en un monstruoso Chuang Tzu.
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Todos mis amores me abandonan cuando descubren que a mí no me gustan las novelas, sino los cuentos.
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El cuentacuentos no conseguía que nadie le creyera.