Microrrelatos de Plácido Romero

viernes, 28 de julio de 2017

Me creyó, desde luego

“Me hacía feliz dejándome que la hiciera feliz.”
Eduardo Galeano

No sé por qué, le dije a Raúl que no conocía el mar.

–¿Te gustaría ir a verlo? –me preguntó.

–Claro que sí –le respondí.

Me creyó, desde luego.

Me gustaba Raúl porque era diferente a todos los que estábamos en el centro. Sus padres y su hermana habían muerto en un accidente y su tío, el único que podía ocuparse de él, residía en el extranjero. Estaba esperando a que acabara el curso para irse a vivir con él. Yo le conté que estaba allí porque mi madre estaba enferma en el hospital, muy enferma. Él me creyó; siempre me creía.

–Ya verás cuando estemos en el mar. Es inmenso –me dijo Raúl–. Nosotros siempre pasábamos los veranos en Roquetas.

Me parecía triste que alguien como Raúl estuviera allí. Necesitaba una familia. Estaba claro. No sabía vivir solo. Era todo lo contrario a mí. Sin embargo, había algo de él que me atraía. Quizá fuera que todavía confiaba en el mundo.

–Vayamos a ver el mar –le dije una mañana.

Estaba cansada del centro. Allí no podía hacer nada. Me sentía prisionera. Y aún faltaban casi seis meses antes de que cumpliera los dieciocho. Entonces, lo presentía (y no me equivoqué), comenzaría el infierno de verdad.
Compramos los billetes de autobús con dinero que él tenía guardado. Nadie nos pidió los carnés. El viaje hasta la playa duró casi tres horas. Supongo que a él le habría gustado vendarme los ojos y mostrarme el mar de golpe, pero surgió de sopetón detrás de una curva. Traté de aparentar sorpresa.

–¡Qué grande!

Él sonreía.

Cuando bajamos del autobús, nos dirigimos a la playa. Estábamos en abril y no había nadie en ella. Nos descalzamos y caminamos por la arena. No tardamos nada en dejar atrás las casas. Estábamos solos. Deseé que aquello durara siempre.

–¡Qué bien se está aquí!

Caminamos durante un rato. Raúl no paraba de hablar de sus padres y de su hermana. Le cogí la mano y se la acaricié. De pronto se quedó callado. A mí me habría gustado decirle que él perdió una familia, sí, pero que yo nunca tuve una. Sin embargo, guardé silencio.

Habíamos estado caminando durante una hora cuando llegamos a unas rocas que cortaban la playa. Fue entonces cuando Raúl dijo que teníamos que dar la vuelta.

–Hay un autobús a las tres de la tarde. Podemos regresar antes de que se den cuenta.

–Quedémonos aquí.

Me miró de una forma extraña.

–No quiero volver –le insistí.

–Tenemos que regresar. Avisarán a la policía.

Entonces, no sé por qué, le di un beso. No era el tipo de chicos que me atraía.

–Vayamos a aquellas rocas –le dije.

Tiré de él. Dejó pronto de resistirse.

Raúl no sabía besar, no sabía acariciar. Estaba claro que nunca había estado con una chica. Para que no se pusiera más nervioso de lo que estaba, le pedí que fuera despacio.

–Es la primera vez que lo hago –le dije.

Me creyó, desde luego.

Cuando terminamos, nos quedamos durante una eternidad tendidos entre las rocas. Durante un instante me pasó por la cabeza la idea de pedirle a Raúl que no se fuera con su tío, que se quedara conmigo. Rápidamente, la deseché. No estábamos hechos el uno para el otro. Nuestras vidas se habían cruzado durante un instante.

Acabamos regresando al centro después del toque de queda. Asumí todas las culpas, desde luego, y varios días después me trasladaron. Ni siquiera me despedí de Raúl.

A veces pienso en él. Le imagino feliz, casado, con hijos, pasando los veranos en Roquetas o en cualquier otro lugar. Si nos cruzáramos, quizá, ya no nos reconoceríamos. Tal vez, incluso, me haya olvidado. Sin embargo, no ha pasado ni un solo día en que no piense en él.

Relato para el Concurso #UnMarDeHistorias de Zenda