Microrrelatos de Plácido Romero

martes, 18 de julio de 2017

Microcuentos

Medusa se quedó paralizada cuando se vio en el espejo.
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No llevó nada bien que su hijo cambiara de género. Paradójicamente, siempre quiso tener una hija.
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Dédalo diseñó un palacio, pero le salió un laberinto. Era un excelente escultor, pero un pésimo arquitecto.
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Cuando visitó Francia, Drácula prefirió no ser presentado al Rey Sol.
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A mi hermano se le había descosido la túnica. Tuve que enviar a Teseo con hilo y una aguja.
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–Veo el hilo. ¿Dónde está la aguja? –preguntó el Minotauro socarronamente.
–Aquí –respondió Teseo mostrándole la espada.
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Está bien que me des un ovillo de hilo, pero, Ariadna, ¿no podrías conseguirme también una espada?
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Al mirón le resultó inquietante descubrir que alguien le observaba.
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Cuanto más duraba la guerra de Troya más guapa imaginaban a Helena los griegos.
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Pepe Carvalho estaba quemando los libros de Vázquez Montalbán. Fue el acabose.
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El Minotauro y su cuñado se liaron a golpes. Y eso que se acababan de conocer.
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El Minotauro observó asombrado el hilo y no vio la espada.
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Son prudentes, juiciosos, realistas. Aceptan por principio que los gigantes son molinos de viento.
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Acacio de Mistra: El verbo era al principio.
Pánfilo de Corón: Era al principio el verbo.
Nikos: Los turcos han entrado por la Kerkaporta.
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–No, no me casaré porque sé que los maledicentes me tratarían de cornudo –dijo el Minotauro.
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La conocí en el instituto. Ella iba un curso por delante. Era inalcanzable.
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De tanto leer libros de caballerías, Ignacio de Loyola recuperó la cordura y abandonó el ejercicio de las armas.
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–Me ha pedido que no mate a su enamorado. Lo que hay que hacer por una hermanita –dijo el Minotauro.
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Al Minotauro le gustaría que, por una vez, dejaran entrar en el laberinto a una ternera.
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–No salgo de aquí porque me avergüenza que mi madre tuviera sexo con un animal –dijo el Minotauro.
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Para el claustrofóbico, cualquier habitación es la del pánico.
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–¿No deberíamos haber saqueado Troya antes de incendiarla?
–Ulises, tú que eres tan astuto, ¿no podías haberlo dicho antes?
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–Me ponen furioso. Siempre me dicen que no lo saben cuando les pregunto cómo se sale del maldito laberinto –dijo el Minotauro.
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No nos sorprendió que se sometiera a una operación de ampliación de pecho: necesitaba espacio para seguir colgándose medallas.
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Alonso Quijano se fingió cuerdo para que el sabio Frestón le devolviera la habitación de los libros.
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El caballero era tan feo y desgarbado que la princesa le pidió al dragón que no se dejara vencer.
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Leyó la nota de suicido: “Siento haberte decepcionado”. La viuda negra pensó que, la verdad, su cuarto marido no la había decepcionado.
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Joaquín perdió el avión y, cuando regresó a casa y me pilló con Javi, fui yo quien le perdí a él.
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Desde que me dijo que no le gustan las medias tintas, me pongo pantis beis.
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Después de esperarla sentado durante cinco horas, ha salido a la calle a ver si encuentra a su musa.
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No paraba de tener ideas. Como necesitaba un descanso, decidió desenroscar la bombilla.
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–No mates al dragón, que es de alquiler –le gritó la princesa.
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La misma noche en que mató al dragón y liberó a la princesa, el caballero se arrepintió.
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La princesa contrató a un dragón para hacerse la interesante.
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Al dragón le tocó vigilar a una princesa tan gruñona que, cuando llegó el caballero, no pudo evitar morir sonriendo.
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Se hizo la luz en su mente: no debía volver a franquear la puerta al pasado, así que abrió la ventana al futuro y saltó.
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Daniel le ha dicho que lo que más le gusta de ella son sus piernas. Fátima se siente amada a medias.
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Cuando despertó, su vida de mierda todavía estaba allí.
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Mi sobrina bisnieta le ha dicho a su marido que hay un fantasma en casa, pero inofensivo. Algún día les daré un susto que verán.
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El Holandés Errante tenía una mujer esperándole en cada puerto.
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Aunque nuestro capitán no sabe manejar ni la brújula ni el astrolabio, es una leyenda de los mares. Le llaman el Holandés Errante.
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El plan era dispararle y, luego, suicidarse, pero, como se suicidó primero, tuvo que regresar para matarle de miedo.