Microrrelatos de Plácido Romero

domingo, 25 de agosto de 2013

El mariscal de campo

El mariscal de campo sale del viejo caserón que le sirve de cuartel general. Mueve los brazos, las piernas. La mañana es fría. El parte del servicio meteorológico aseguraba que la temperatura alcanzaría los 10º bajo cero. A pesar de eso, lleva el pecho descubierto. Le gusta que los soldados puedan comprobar que su comandante está en plena forma, que no es uno de esos gordinflones de Estado Mayor que, encerrados todo el día, estudian mapas y papeles. 

El mariscal de campo comienza a correr. Pasa por delante de la garita donde el aterido centinela permanece acurrucado. Avanza unos centenares de metros. Llega al almacén que ahora sirve como depósito de municiones. Observa apesadumbrado un trozo de muro. Hace tres días descubrió allí una pintada obscena y derrotista: “Queremos volver a Alemania”. Enfadado, ordenó que la borraran, pero de alguna manera es como si todavía estuviera. Para él, la guerra es algo terrible, pero también hermoso, una especie de rito supremo que sirve para probar a los hombres. 

Hace años que el mariscal de campo comenzó a correr, adquirió esa costumbre en Prusia Oriental, cuando sólo era coronel y ayudaba a preparar secretamente el ejército para una guerra que parecía lejana. Diez años después, la espuria República ya no existe, hay soldados alemanes en toda Europa y él ha llegado a la cumbre de su carrera militar. 

El bosque de abedules se hace más espeso. Es como si la guerra no hubiera llegado allí: quizá sea bueno que haya sitios y cosas que permanezcan siempre puros. Se detiene por unos instantes. Mira hacia arriba. Los troncos pelados semejan columnas de un templo celestial. 

Reanuda la carrera. No pasa mucho tiempo antes de que el mariscal de campo note que está cubierto de sudor. Siente que está cansado, pero sabe que pronto verá los tejados verdes del cuartel general. Su ordenanza le tendrá preparado un caldo caliente. 

Comienza a dolerle la cabeza. No sabe si es por el incidente de la pintada, del que no puede librarse. A veces se siente mal sin ningún motivo aparente. El doctor le ha aconsejado que abandone aquellas carreras matutinas. Aventuró, incluso, que la presión por los últimos acontecimientos, eso fue lo que dijo, la presión por los últimos acontecimientos estaba debilitando al mariscal de campo.