Microrrelatos de Plácido Romero

jueves, 28 de agosto de 2014

Los desastres de la guerra

Abrió los ojos y comprendió que estaba vivo. No sabía si alegrarse. 

Todavía era de noche. Trató de escuchar, pero, aparte del castañeteo de sus dientes, no había ningún otro ruido. El silencio era ominoso. Estaba aterido; la noche había sido fría. Se preguntó cuánto tardaría en amanecer: no tenía ni idea. Pensó que adelantaría a sus perseguidores si se ponía en marcha. Trató de incorporarse, pero no podía moverse. Estaba muy cansado. Llevaba huyendo tres días y ya no podía más. El cielo estaba obscuro. Ni una estrella, nada. Cerrar los ojos o tenerlos abiertos era lo mismo.

Pensó en el polaco. Su agonía probablemente había sido larga. Cuando su caballo reventó, le pidió al francés, le suplicó que le subiera al suyo. Dudo por unos instantes, antes de espolear su montura. El polaco blasfemó en su misteriosa lengua, insultó al camarada que le abandonaba a la tortura. En la lejanía sólo escuchó gritos, un disparo de carabina, varios trabucazos. 

Siguió cabalgando; pensó que los bandidos se entretendrían con el polaco. Un buen rato. Deseó que le hubieran matado pronto, aunque sabía que el final no llegaba tan rápidamente a manos de los españoles. Quizá el polaco todavía estuviera vivo. Amarrado a un árbol, con cien heridas abiertas, los ojos arrancados, sin lengua. Su propio destino.

Cerró los ojos y trató de dormir. Cuando amaneciera tendría que seguir huyendo. Su caballo tampoco había aguantado mucho. Tuvo que abandonarlo y seguir a pie. Ni siquiera se detuvo a rematarlo. Sólo tenía que llegar a algún pueblo, encontrar una guarnición francesa: el horror acabaría. 

Un ruido le despertó. Se dio cuenta de que estaba amaneciendo. Era el momento de ponerse en marcha. El ruido se repitió. Entonces los vio, recortados contra el horizonte. Allí, en lo alto de un cerro, había unos jinetes. Poco más que manchas. Eran españoles. Totalmente paralizado por el miedo contempló a sus asesinos. Llevaban persiguiéndole tres días. Tozudos.

Advirtió que se ponían en marcha, que se dirigían hacia él.

Microrrelato leído en La Rosa de los Vientos (Onda Cero)