Microrrelatos de Plácido Romero

sábado, 6 de junio de 2015

El castigo del águila

El hombre seguía gimoteando. El águila ya no podía soportarlo más. Terminó de comerse el hígado, sin disimular una mueca de asco, y entonces dijo:

–¿Acaso crees que me gusta esta bazofia? A mí también me han castigado los dioses.

Y Prometeo, sorprendido, dejó de quejarse.