Microrrelatos de Plácido Romero

viernes, 27 de noviembre de 2015

La sonrisa

Al principio fue una recomendación: la directora de negociado pedía a los funcionarios que atendían al público que dibujaran en su rostro una sonrisa. “El usuario responderá con una sonrisa a tu sonrisa”, rezaban los carteles que colocaron por todos lados. 

Unos meses después, lo que se recomendaba comenzó a ser obligatorio: había que atender al público con una sonrisa. No importaba que el usuario zarandeara o insultara al funcionario cuando éste le pedía que terminara de rellenar un impreso o le indicaba amablemente que le faltaba una fotocopia. Había que estar siempre sonriente. “Dibuja una sonrisa en tu rostro y acabarán agradeciéndotelo.” Desde luego, el jefe de personal, el malévolo Cenci, quedó encargado de vigilar el cumplimiento de la norma. 

Mis compañeros de la planta baja no tuvieron otra que obedecer la nueva ordenanza. Fregonese me dijo que Sandrini había llevado su profesionalidad al límite: mantuvo su sonrisa hasta el final. Cuando se lo llevaba la ambulancia, todavía sonreía. 

No sé si eso es cierto. No vi a Sandrini. Trabajo en la primera planta, lejos del público. Trascurren las horas sin que vea a nadie. Sólo Fregonese se acerca de vez en cuando a mi cubículo para añadir más expedientes a la montaña que se acumula en mi mesa. Paso mi jornada solo, rodeado de cuatro paredes de cartón. Escucho a los demás, pero no les veo. Por eso, cuando desde la Dirección General llegó la orden de que todos los funcionarios debíamos estar siempre sonrientes, no hice ningún caso. Pensé que, como nadie me veía, a nadie le importaba si estaba sonriente o serio. 

La primera multa no tardó en llegar. Cenci se acercó por detrás y me recriminó por no sonreír. “Es tu obligación”, me ladró. Dos días después me puso una segunda multa. Esta vez me pilló en el lavabo, tratando de… Bueno, ya saben, en una postura que invita poco a la risa. 

Ahora paso las ocho horas de mi jornada con una sonrisa dibujada en mi rostro. Es doloroso. No logro concentrarme. Me cuesta mucho más hacer que avance el trabajo. Siempre intentando sonreír. Tal vez siga el consejo de Fregonese: hay una clínica de estética en el centro que fabrica magníficas sonrisas. Él lo tiene fácil: siempre ha sido muy risueño.

Microrrelato incluido en la antología Vislumbrando horizontes