Microrrelatos de Plácido Romero

lunes, 27 de marzo de 2017

Microcuentos

Para Medusa fue una liberación que Perseo la matara: estaba harta de ir con el pelo desgreñado.
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Es incapaz de enfrentarse al horror. Lleva años sin limpiar el vaho del espejo del baño.
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Estaba tan confiado en que la historia iba a acabar bien que puso una granja de perdices.
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Cerró los ojos, pidió un deseo y sopló. Cuando volvió a abrirlos, a la tarta le faltaban la mitad de las velas.
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Ella llevaba un vestido tan provocativo que resultó inevitable que él tuviera que improvisar un solo.
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Al dios judío le resultó fácil derrotarles: los dioses del Olimpo se pasaban el día en la cama.
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Quise sorprenderla con un impromptu, pero Marcela interpretó una fuga. Fue un desconcierto. --
–Hola, soy Dakota.
–¿Del Norte o del Sur?
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Dejé volar mi imaginación. Y no regresó.
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Hefesto le presentó una reclamación a Zeus. ¿Por qué él era el único de los dioses que trabajaba?
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Cuando el reloj de sol comenzó a atrasar, no conseguí encontrar a nadie que lo arreglara.
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Él estaba tan harto de que ella simulara los orgasmos que comenzó a fingir los gatillazos.
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Encontró una lámpara maravillosa. La frotó. Salió un genio. Le dijo que, hasta dentro de mil años, estaría fuera de servicio.
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Después de que una rama caída destrozara su flamante carro, demandó a Eolo por daños materiales.
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Creando el mundo en seis días, ganó a los otros dioses. Y luego se dedicó a descansar.
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El inquisidor condenó al hereje a la hoguera. Años después, le sorprendió no encontrarle en el infierno.
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Adoró a todos los dioses y, cuando murió, exigió su derecho a ser condenado a todos los infiernos.
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Él le robó un beso porque ella le había robado el corazón.
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Cuando la orquesta terminó de interpretar 4’33’’, sólo los sordos aplaudieron.
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Cuando la orquesta terminó de interpretar 4’33’, un incómodo silencio invadió el auditorio.
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–Encontré un príncipe azul en el restaurante.
–¿Y qué hiciste?
–Le practiqué la maniobra de Heimlich.
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El juez sentenció que la empresa que comercializaba la loción anticaída tenía que indemnizar al demandante con un peluquín.
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Cuando su mujer le confesó que se había acostado con un informático, la perdonó. Las discusiones con su cuñado eran la razón de su vida.
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Cuando el tiranosaurio despertó, descubrió sorprendido que lo habían hecho rey.
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No le gustaba reciclar. A nadie le sorprendió que se reencarnara en hongo comedor de plástico.
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Cuando el paleontólogo despertó, los huesos del dinosaurio ya no estaban allí.
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Al demonio no le quedó otra que expulsar a Sacher-Masoch del infierno.
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El Minotauro siguió el hilo y le dio una sorpresa a su hermana.
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Sus padres le aconsejaron que encontrara un trabajo. Sin embargo, sólo el circo de los engendros contrató al Príncipe Azul.
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–El robot de cocina perdió un tornillo.
–¿Y qué hicisteis?
–Pedir comida por teléfono.
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A su novio coreano también le gustaban los perros.
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Julio César no quiere más triunfos. Está harto de que su cocinero condimente todas las comidas con laurel.
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Pidió una sencilla alfombra de oración. Dos días después, el preso y la alfombra habían volado.
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El nyotaimori acabó en escandalosa tragedia. El señor Okura se comió no un pez, sino un pezón.

En la maratón, el suicida alcanzó su meta.
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Cuando la Bella Durmiente despertó y vio a aquel príncipe, pensó que estaba en medio de una pesadilla.
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La Bella Durmiente despertó, miró al príncipe y, por enésima vez, volvió a cerrar los ojos.
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Estoy hecho cenizas. Ella tenía fuego en el cuerpo.
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En algún momento del pasado me perdí a mí mismo.
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Los esquimales le preguntaron al misionero qué tenían que hacer para ser arrojados al fuego eterno.
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Llamó al parque de bomberos pidiendo que le enviaran un agente. Tenía fuego en el cuerpo.
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Un mal movimiento
Le hizo jaque mate al Rey y acabó decapitado.