Microrrelatos de Plácido Romero

jueves, 1 de junio de 2017

Microcuentos

Lanzó a su marido al pozo de los deseos y pidió no volver a verle nunca más.
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–Houston, tenemos un problema.
–¿Tenéis? ¿Quién? Te recuerdo que estás solo ahí arriba.
–El experimento se ha descontrolado. Ahora somos 17.
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Cuando el mayordomo apareció apuñalado, la policía decidió cerrar el caso: se había quedado sin el principal sospechoso.
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–No te gusto –dijo.
–Sí me gustas –respondí.
–No, no te gusto –repitió.
Y tuve que comérmela para demostrarle que me gustaba.
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Erik Lönnrot descubrió, desde luego, la ingeniosa trampa que le había tendido Red Scharlach. Prefirió morir a desbaratarla.
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Josef K. era culpable. Indudablemente. No hay que hacer caso de esas memorias que, para despistar, escribió en la cárcel.
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¡Qué locura fugarse de un manicomio! Allí, la comida, la cama y las medicinas son gratuitas. Y encima te dan charla.
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Mi marido me dio disgustos hasta el final: puso perdido de sangre mi mejor vestido.
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Lapsus
Dijo a sus alumnos que la guerra civil terminó el 1 de julio. Estaba pensando en la guerra que libraba con ellos.
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Comenzó a echar de menos los días desventurados. Tenía empacho de perdices.
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–Santi tiene la cabeza llena de pájaros.
–¿Quiere ser ornitólogo?
–No. Escritor.
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Harto de preocuparse por guardar la ropa mientras nadaba, se hizo nudista.
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Sympathy for the Devil
Sus padres, que eran fanáticos de los Stones, le concibieron el 8 de diciembre de 1980.
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Muerta Caperucita, el lobo siguió el plan. Se puso la capucha y fue a por el leñador.
Era el único de la familia que no necesitaba gafas.
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Para su desgracia, llegó a la escena del crimen un minuto antes de que se cometiera el crimen.
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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida. Afortunado en el juego, sabe que Berthe nunca le amará.
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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida. Sus deudas ascienden a siete millones.
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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida ahora que tiene dinero para un entierro decente.
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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida. No soporta no ser Dostoievski.
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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida. No quiere seguir siendo crupier un día más.
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Gana a las máquinas tragaperras, al black jack, al póquer. Está desatado. Juega a la ruleta rusa. Se le acaba la suerte. Pierde.
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Landru se casó con una viuda negra. Eran tal para cual.
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La sirena que desafinaba sólo pudo seducir al marinero Cufandro, que era duro de oído.
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Tengo pesadillas con los hombres que me sueñan.
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La viuda negra nunca llevaba flores a la tumba de su cuarto marido: le odiaba porque se había fallecido de muerte natural.
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Su copa está llena, pero su vida sigue vacía.
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Le lancé una mirada ardiente. Me lanzó un vaso de agua fría.
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Le lancé una mirada cómplice. Me lanzó una mirada asesina.
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Buscó a Dios y perdió a su familia.
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Van Helsing no pudo terminar su estudio sobre la evolución divergente de humanos y vampiros porque sufrió un accidente: fue mordido.
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–De mi padre sé muy poco, sólo que le gustaba montar yeguas –nos dijo el centauro.
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–¿Te gusta Perec?
–Te he dicho Queneau.
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Le regalé a mi marido un cuchillo, una cuerda, un revólver, un bote de arsénico, el Manual del perfecto suicida. No entendió la indirecta.
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Concurso de sonrisas. A la final llegan la Gioconda y el gato de Cheshire. El Moscóforo ha sido eliminado: su sonrisa es arcaica.
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En el último curso de Adivinación, los alumnos que iban a ver las notas eran suspendidos.
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Estaba cruzando la calle cuando se dio cuenta de que quedándose allí en medio llegaría antes a donde quería ir.
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Mi difunto marido me acabó costando una fortuna: para librarme de él tuve que contratar a un sicario y a un cazafantasmas.
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Para jugar con las mismas reglas que el lobo, el cazador lleva puesto un disfraz de Caperucita.
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Cuando amanece, el pesimista tiene el consuelo de que queda un día menos para que llegue el fin de mundo.
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Cuando vio al príncipe estrellarse contra el suelo, Rapunzel comprendió que tenía que haber utilizado un champú fortificante.
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Dionisio no quería causar más problemas, así que recogió la cabeza del suelo y regresó a casa.
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Quería a su mujer como si fuera su amante.
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A la mañana siguiente, su esposa le preguntó:
–¿No hay otra Troya que conquistar, Ulises?
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Me encierro en casa, a oscuras, y te sigo viendo.
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Cada vez que Sísifo tomaba un descanso, la piedra se hacía más grande.
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Para el profesor, hacer guardia de recreo era un castigo.
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Se le pasó la comida. Demasiado vino.
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La piedra salió rodando y Sísifo se vino abajo.
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La piedra se quedó arriba y Sísifo se vino abajo.
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Dormían juntos, pero tenían sueños distintos.
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–Abuelita, ¡qué cintura más delgada tienes!
El lobo, halagado, no se comió a Caperucita.
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–¿Qué has comido para que te dé angustia?
–Un bocado de realidad.
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Le preparé a mi marido una sopa de setas. Se murió de gusto.
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Tengo a mi marido muy controlado. Siempre está metido en un libro.
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Ha llegado a un punto en que no me decepciona, porque no espero nada de él.
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Planificación familiar
–Doctor, es por culpa de mi marido. Me quedo embarazada cada vez que me mira.
–Tendremos que arrancarle los ojos.
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Cuando la vio, el conde decidió que esa noche bebería hasta la saciedad.
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–¡Qué boca más grande tienes! –dijo Caperucita.
Y el lobo, halagado, se la comió viva. Como todas las semanas.
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–Si te postras y me adoras te daré toda la tierra que ves –dijo Satán.
–Sólo quiero el corazón de María Magdalena –respondió Jesús.
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–Si te postras y me adoras te daré toda la tierra que ves –dijo Satán.
–¿Este secarral? –preguntó Jesús.
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–Si te postras y me adoras te daré toda la tierra que ves –dijo Satán.
–La verdad es que soy corto de vista –respondió Jesús.
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–Si te postras y me adoras te daré toda la tierra que ves –dijo Satán.
–Pertenece a mi Padre –respondió Jesús.
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Estar casado con un fetichista es un engorro. Le gustan los zapatos más que a mí.
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Le he dicho que no quiero el divorcio. ¿Con quién me pelearía si nos separamos?
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Gracias a ti he perdido años y he ganado vida.
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Sucedió lo inevitable: en su siguiente reencarnación, fueron perdices y comieron granos de cebada.
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He quitado todos los espejos de casa: aparece reflejado en ellos alguien a quien odio.
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En su última carta, su abuela le rogó que sacara tiempo para enviarle unas letras. Después de dudarlo mucho, le remitió las de la moto.
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Me escondí tan bien entre líneas que nadie logró encontrarme.
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Cuando no consigo hacerme bien el nudo, acabo tirándome por la ventana: es más rápido.
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Besó a una rana y, ¡plaf!, se convirtió en una bella princesa. Lástima que él siguiera siendo un sapo.
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Todas las noches, después de que hagamos el amor, comienza a llorar y acaba arrojándose por el balcón. Todas las noches regresa.
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Estaba harto de que discutieran si el vaso estaba medio lleno o medio vacío. Me acerqué y les dije que no era un vaso, sino una jarra.
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Ese día se fue tan cabreado que no sólo se fue sin despedirse, sino que además salió por la ventana.
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Nuestra relación había llegado a un punto en que me atreví a preguntarle si, la próxima vez, podría entrar por la puerta.