Microrrelatos de Plácido Romero

jueves, 15 de junio de 2017

Microcuentos

Me preguntó si me apetecía probar su conejo. Le respondí que sí. Y me acabé quedando con hambre.
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A muchos, el divorcio les cuesta un riñón. A Adán le salió por una costilla.
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Dejaron que María Magdalena fuera delante. Si ella no le conseguía #resucitar, nadie lo lograría.
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Escapó de la jaula pero no pudo huir del mundo.
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Ni pegándose un tiro consiguió el novelista resucitar en la lista de ventas.
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El reloj del Juicio Final atrasaba. Cuando comenzó la guerra nuclear, marcaba las once y cincuenta y ocho minutos.
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¿Quién perdió más?
La hija del rey de los feacios quería desposar a Ulises. 108 príncipes pretendían a Penélope.
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Ulises le cuenta sus aventuras a Penélope. Ésta cree que son sólo cuentos. En realidad, su marido no quería regresar.
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Ha logrado resucitar gracias a los médicos. Ahora lamenta no haber criogenizado también su cuerpo.
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Demasiado tarde, el Holandés Errante se dio cuenta de que tenía que haber comprobado las referencias del timonel.
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En la universidad, uno de mis novios estudiaba una lengua muerta, que es como tenía la suya.
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Relación imposible
El agorafóbico y la claustrofóbica no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre el lugar en el que tener su primera cita.
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Asesinó a su marido. Los policías la detuvieron. La lanzadora de cuchillos les convenció de que había sido un accidente.
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Normal que él estuviera muerto de miedo cuando me encontró, porque yo estaba muerta de hambre.
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Era un equilibrista nato. Sin embargo, cuando le ofrecieron un contrato en el Cirque du Soleil, lo rechazó. Prefirió la política.
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Aunque gusta a todas las mujeres, Príapo no consigue encontrar a ninguna que le encaje.
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–¿Por qué no eres novelista?
–Porque no quiero tener una vida de ficción.
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Le costaba tanto escribir cada palabra que había tenido que pedir una segunda hipoteca.
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Le repito que nuestra relación está tan muerta como ella, pero sigue apareciéndoseme cada noche.
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Para ser rey, se arrancó un ojo. Ahora sólo le faltaba encontrar el país de los ciegos.
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Mientras su marido dormía, ella soñaba con un lugar donde no maltratasen a nadie.
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Lo bueno de ser el rey del plagio es que nadie quiere arrebatarle la corona.
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Macario, con tal de probar algunos tragos de la leche de Felipa, se hace el loco y lo que haga falta.
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El combate contra el dragón fue agotador. El caballero acabó hecho cenizas.
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Escribo tan mal que mi musa no quiere saber nada de mí.
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Por fin han dejado de quejarse: les hemos dado la tierra. Ciento setenta centímetros y, a algunos, ciento ochenta.
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El caballero se dijo que Sofronia sería la última princesa que liberaría de las garras de un dragón. Estaba quemado.